jueves, 7 de octubre de 2010

Bioy Casares y Cortázar : el mismo cuento

"Un viaje" o "El Mago Inmortal", de Bioy Casares y "La Puerta Condenada" de Cortázar, narran ambos la misma historia de un hombre que se aloja en un hotel y no puede dormir por las voces que oye en el cuarto vecino. A lo largo de su desvelo, los sonidos adquieren realidad de hechos, las voces cuerpo y carácter, y el testigo insomne se ha enredado en la trama ajena. Finalmente descubre que la trama no existe, que en el cuarto de al lado había un único e imposible huésped.
Ambos personajes principales son comerciantes. Viajan a la misma ciudad, Montevideo, y están a punto de registrarse en el mismo hotel.
En ambos cuentos figura el tedio de sus negocios, la grisura de la ciudad, paseos por el centro, las palomas. Al aburrimiento se le sumará el cansancio. Y las voces nocturnas: el llanto de un niño y el arrullo de la madre despiertan al personaje de Cortazar, mientras que al comerciante de Bioy le toca el castigo de una pareja haceindo el amor.

En 1973, cuando Cortázar visitó Buenos Aires los autores pudieron preguntarse cómo había sucedido. Contra la corriente de sus vidas -uno residía en París, el otro siempre en Buenos Aires- y contra una amistad distante, hecha de afectuoso respeto pero con escasos encuentros personales se vieron y hablaron de los caprichos del azar, que les había jugado una espléndida broma.
Desde todo punto de vista, los cuentos gemelos rechazaban una explicación. Bioy Casares, se negó a admitir otra razón que la casualidad. Cortázar era en cambio un creyente del orden en la magia, y sostuvo que en la coincidencia había un mensaje indescifrable. Averiguar dónde y qué estaban haciendo cuando se les ocurrió la historia del viajante, mostró que antes de escribir ya coincidían: estaban solos, Bioy en un hotel de Portofino, leyendo a Dante, Cortázar, en una casa en un bosque de Francia, leía un libro sobre vampiros. Los dos sintieron una nostalgia de Buenos Aires que les pareció vergonzosa. Por pudor decidieron situar el cuento en Montevideo. Y así emprendieron el viaje imaginario hacia el hotel Cervantes, hacia el cuarto fantástico.

Buenos Aires los reunió fugazmente para reírse juntos de un plagio sin plagiarios cuya impecable confección desmorona la suspicacia del más vigilante de los críticos. Ni Cortázar ni Bioy imaginaron que aquel encuentro fue también el último. Jamás volverían a verse.

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